viernes, 19 de septiembre de 2014

navegante

¿Ha caminado acaso mil leguas desde que deje la peña ocelote? he cazado conejos y cuiniques, es complicado comerlos sin hacer fogatas, tengo apremio por llegar antes de 12 caña, cuando la serpiente desciende desde el risco del águila, en la cadena montañosa que se extiende, tras el altiplano. Pero para  llegar a mi destino, necesito decidir la ruta, entre el salar más grande  de este continente no muy lejos del río blanco o por el lago del  un gran lago navegable, cerca del desierto norte. Sé que estoy a más de 3000m sobre el nivel del mar. El ojo del águila, brilla aún más intenso, en su borde interno cerca del centro cuando lo pongo a contraluz, se que 12 caña ocurrirá en 3 semanas. Observa el atardecer en tonos violetas, la luz ciega mis sentidos, el viento omnipresente está lleno de especias, mí mano de piedra espera el momento en que vengas, te estoy esperando noche.
Me intrigan las dudas y el desnudo propósito de la noche, que se hace inmensa en el humo del escudo espejo.

Eco de la noche te permite ver como se desdobla tu espíritu y el mío. Piensa desde la cima de última gran espalda de la  cordillera, en ese sitio, el pasto es ralo y las piedras se confunden con su manto gris Pardo, los tonos de noche se pierden en el continuo soplar del gélido viento, mira al cielo con la mirada herida
—No has visto tu sombra caminar junto al reflejo de la luna, ni el ocaso tras las nubes, te has perdido al navegar—  dice mirando al cielo — ¡Esa no!— grita en un eco desgarrador que recorre la estribación — ¡hermano!— dice en voz baja, oculta su rostro de la mirada del viento del norte.

Es probable que no te vea nunca más, hasta siempre— pronuncia en tono imperceptible, desde la oscura capucha mientras se va perdiendo en un profundo sueño.


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