el navegante (fragmento)
Una lluvia de perseidas surca los cielos, mientras una barca navega en el viento septentrional, en esta barca un hombre de plata y azabache extravía en el horizonte la mirada, una suave llovizna cubre el remanso del valle, el septentrión arrecia trayendo consigo la mirada del solitario navegante... con un veloz movimiento extiende su extremidad derecha aprisionando la soga y apoyándose en su talón izquierdo jala la soga haciendo virar la embarcación, aún con la soga en mano se sienta mientras flexiona el brazo izquierdo y con la mano le indica a la capucha el camino hacia su cabeza, vuelve su vista al horizonte, observa por un instante el océano en su vasta inmensidad antes de perderse en taciturnos pensamientos.
-El tiempo apremia... «es nuestra única oportunidad»-
Bajo la barca, el reflejo de las perseidas se ocultan y transcurre lentamente el tiempo, la luz menguante recorre los mares hasta posarse en la embarcación provocando en esta un ligero fulgor plateado que se posa en el mentón del navegante, lentamente avanza hasta reposarse en su mejilla izquierda antes que se desvanezca en el susurro del viento entrecortado y el murmullo de las olas cuando acarician las formaciones rocosas creadas en la boca de un estrecho, ahí... donde el agua dulce y la salada se funden, ahí... donde abruptamente se torna profundo lecho marino, ahí... cuatro formaciones se yerguen disminuyendo el intempestivo encuentro de las aguas.
El navegante jala de otra cuerda ubicada en el piso y a paso lento a embarcación se eleva, la luna aún posada en esta la torna a la distancia en plata y ella al navegante, a su paso deja una estela de agua que resplandece a la luz de la luna. Con su vista en el horizonte el navegante se une a la luna a la espera del renacimiento de la luz.
De madrugada una espesa niebla le acompaña, paulatinamente arrecia el viento haciendo virar la barca, continuamente el navegante recupera el rumbo halando de la cuerda, conforme avanza, la neblina se torna más densa hasta impedir la visión más allá de la proa.
-¡Asper!- invoca mientras amarra las cuerdas y se dirige a la proa «que el vaho de Ation desaparezca» susurra al estremece, disminuye la velocidad de la embarcación, de su bolsillo saca una piedra de cantos irregulares, la ante pone a la luz del sol. Un destello le indica la ubicación del norte, aguza la vista y logra ver destellos menos intensos con los que procura ubicar el resto de los puntos cardinales. La escasa visión le obliga tomar un puñado de polvo de su bolsillo, extiende su brazo, abre su palma y el leve roce el viento lo dispersa en forma de rosa invertida
-¡Asperdian!-dice mientras desanuda las amarras y retomar el control del timón, las jala con su mano derecha al tiempo que apoya la pierna en la cubierta, con la pierna izquierda se apoya en el mástil, con el brazo izquierdo abraza el timón empleando su cuerpo para hacer que vire y se eleve a mayor velocidad. El brusco movimiento hace que se ladee, contempla el velo, la humedad termina por condensarse en la obscura cabellera, al frente todo se torna oscuro, a paso ecuánime la barca se eleva, obligándolo a incrementar el ángulo, se sacude con ímpetu, los sonidos se entrecruzan, el timón se rompe y el mástil termina por fracturarse, el navegante termina por perder la conciencia.
Si el velo se disipara lentamente, permitiría ver las laderas rocosas del extremo Oriental del Ation, los tonos verdes, marrones y azules forman parte de la barrera natural que protege la ciudadela Io. A las faldas del extremo oriental se encuentra una playa de granito pulido, (por ende concentración de aire salado y calor dificulta la respiración) el granito se eleva desde la playa 200 metros en su punto mas alto de esta cordillera. El calor despierta al navegante, reacciona bruscamente, el crujido de la madera lo detiene, ve a sus costados, mira al cielo entrecerrando los ojos para percibir mejor.
-Maldición... –mientras recarga su cabeza en los fragmentos del mástil al instante que cierra los ojos, estira la mano ase un guaje, bebe de este, lo cierra y le amarra a su cintura lentamente toma un fardo y de a poco se arrastra hacia la proa, mira por el borde, encuentra una roca para colocar el fardo, se sujeta con fuerza de la ladera para descender de la barca, toma dos escudos ubicados a cada lado de la proa, une los escudos, se coloca el fardo en la espalda anudándolo al frente, lentamente avanza de cara a la pared, el calor y la humedad inhiben sus reflejos. El andar de cara a la ladera hace que de a poco la piel se le impregne de desesperación, así se hidratan los miedos, el aire se coagula, en la humedad el camino de piedra parece desvanecerse.
Conforme avanza a su encuentro sale la vegetación, primero hierba seca, ramas lampiñas, troncos desnutridos y secos, poco después pasto, que se hace acompañar por arbustos, los cuales llaman a los árboles de denso follaje, lentamente el paso se torna más amplio hasta llegar a una cornisa, para después volverse nuevamente estrecho, bifurcándose para desaparecer en la inmensidad de las laderas, al llegar a la cornisa el navegante opta por ascender, ve con cautela al otro lado, un manto de pasto delimitado por 3 piezas de granito custodiados por la densa sombra de siete cipreses y conjuntos de arbustos que en medio crean un claro oblongo. Agudiza los oídos, observa las laderas y su denso follaje.
Entra al claro, ubica su carga en un extremo, se dirige al borde del follaje e inspecciona, al verse seguro regresa al claro y se recuesta, antes de entrar al reino fanés le extraña el cambio en el aire, ligero, fresco ante todo... semi seco.
El viento levanta lentamente el cabello azabache del navegante, respira profundamente y suavemente, abre los ojos... algunas gotas aun permanecen la capa con la que se cubrió en medio de la noche anterior, aun recostado mira al extremo, observa enjutos los escudos y el fardo, mira las hojas en movimiento, entre dejan ver el color del cosmos e intermitentes estrellas, el perfumado aliento de la cordillera mece al navegante.
Se ladea, con la mano toca el pasto, aprieta el puño y ase pasto, al levantarse suelta el pasto. Se acuclilla cerca de los escudos, los coloca en la espalda, se aproxima al borde
-El tiempo apremia... «es nuestra única oportunidad»-
Bajo la barca, el reflejo de las perseidas se ocultan y transcurre lentamente el tiempo, la luz menguante recorre los mares hasta posarse en la embarcación provocando en esta un ligero fulgor plateado que se posa en el mentón del navegante, lentamente avanza hasta reposarse en su mejilla izquierda antes que se desvanezca en el susurro del viento entrecortado y el murmullo de las olas cuando acarician las formaciones rocosas creadas en la boca de un estrecho, ahí... donde el agua dulce y la salada se funden, ahí... donde abruptamente se torna profundo lecho marino, ahí... cuatro formaciones se yerguen disminuyendo el intempestivo encuentro de las aguas.
El navegante jala de otra cuerda ubicada en el piso y a paso lento a embarcación se eleva, la luna aún posada en esta la torna a la distancia en plata y ella al navegante, a su paso deja una estela de agua que resplandece a la luz de la luna. Con su vista en el horizonte el navegante se une a la luna a la espera del renacimiento de la luz.
De madrugada una espesa niebla le acompaña, paulatinamente arrecia el viento haciendo virar la barca, continuamente el navegante recupera el rumbo halando de la cuerda, conforme avanza, la neblina se torna más densa hasta impedir la visión más allá de la proa.
-¡Asper!- invoca mientras amarra las cuerdas y se dirige a la proa «que el vaho de Ation desaparezca» susurra al estremece, disminuye la velocidad de la embarcación, de su bolsillo saca una piedra de cantos irregulares, la ante pone a la luz del sol. Un destello le indica la ubicación del norte, aguza la vista y logra ver destellos menos intensos con los que procura ubicar el resto de los puntos cardinales. La escasa visión le obliga tomar un puñado de polvo de su bolsillo, extiende su brazo, abre su palma y el leve roce el viento lo dispersa en forma de rosa invertida
-¡Asperdian!-dice mientras desanuda las amarras y retomar el control del timón, las jala con su mano derecha al tiempo que apoya la pierna en la cubierta, con la pierna izquierda se apoya en el mástil, con el brazo izquierdo abraza el timón empleando su cuerpo para hacer que vire y se eleve a mayor velocidad. El brusco movimiento hace que se ladee, contempla el velo, la humedad termina por condensarse en la obscura cabellera, al frente todo se torna oscuro, a paso ecuánime la barca se eleva, obligándolo a incrementar el ángulo, se sacude con ímpetu, los sonidos se entrecruzan, el timón se rompe y el mástil termina por fracturarse, el navegante termina por perder la conciencia.
Si el velo se disipara lentamente, permitiría ver las laderas rocosas del extremo Oriental del Ation, los tonos verdes, marrones y azules forman parte de la barrera natural que protege la ciudadela Io. A las faldas del extremo oriental se encuentra una playa de granito pulido, (por ende concentración de aire salado y calor dificulta la respiración) el granito se eleva desde la playa 200 metros en su punto mas alto de esta cordillera. El calor despierta al navegante, reacciona bruscamente, el crujido de la madera lo detiene, ve a sus costados, mira al cielo entrecerrando los ojos para percibir mejor.
-Maldición... –mientras recarga su cabeza en los fragmentos del mástil al instante que cierra los ojos, estira la mano ase un guaje, bebe de este, lo cierra y le amarra a su cintura lentamente toma un fardo y de a poco se arrastra hacia la proa, mira por el borde, encuentra una roca para colocar el fardo, se sujeta con fuerza de la ladera para descender de la barca, toma dos escudos ubicados a cada lado de la proa, une los escudos, se coloca el fardo en la espalda anudándolo al frente, lentamente avanza de cara a la pared, el calor y la humedad inhiben sus reflejos. El andar de cara a la ladera hace que de a poco la piel se le impregne de desesperación, así se hidratan los miedos, el aire se coagula, en la humedad el camino de piedra parece desvanecerse.
Conforme avanza a su encuentro sale la vegetación, primero hierba seca, ramas lampiñas, troncos desnutridos y secos, poco después pasto, que se hace acompañar por arbustos, los cuales llaman a los árboles de denso follaje, lentamente el paso se torna más amplio hasta llegar a una cornisa, para después volverse nuevamente estrecho, bifurcándose para desaparecer en la inmensidad de las laderas, al llegar a la cornisa el navegante opta por ascender, ve con cautela al otro lado, un manto de pasto delimitado por 3 piezas de granito custodiados por la densa sombra de siete cipreses y conjuntos de arbustos que en medio crean un claro oblongo. Agudiza los oídos, observa las laderas y su denso follaje.
Entra al claro, ubica su carga en un extremo, se dirige al borde del follaje e inspecciona, al verse seguro regresa al claro y se recuesta, antes de entrar al reino fanés le extraña el cambio en el aire, ligero, fresco ante todo... semi seco.
El viento levanta lentamente el cabello azabache del navegante, respira profundamente y suavemente, abre los ojos... algunas gotas aun permanecen la capa con la que se cubrió en medio de la noche anterior, aun recostado mira al extremo, observa enjutos los escudos y el fardo, mira las hojas en movimiento, entre dejan ver el color del cosmos e intermitentes estrellas, el perfumado aliento de la cordillera mece al navegante.
Se ladea, con la mano toca el pasto, aprieta el puño y ase pasto, al levantarse suelta el pasto. Se acuclilla cerca de los escudos, los coloca en la espalda, se aproxima al borde
Comentarios
si lo hubiera leido sin leer el titulo no lo hubiera decifrado, recuerdo lo del navegante, es por eso que se aferro a mi mente :) ya me explicaras el por que de este relato ;)
besos!! y muchas gracias